El fenómeno es realmente global: desde las ciudades europeas hasta las barriadas latinoamericanas, un contingente juvenil de 81 millones luchan por conseguir trabajo. De hecho, el porcentaje de desocupación de esta franja de población en los países desarrollados y la Unión Europea alcanzó el 17,7 por ciento, el guarismo más elevado en 20 años. Según el reporte del organismo internacional, el bajón económico que muchos países aún siguen sufriendo afectó severamente a los más bisoños: mientras que entre 1997 y el 2007 el mundo veía aumentar cada año en promedio unas 192.000 personas desempleadas en este rango de edad, sólo en el 2009 el número de los jóvenes sin trabajo llegó a los 6,6 millones.
El panorama colombiano es, sin duda, más preocupante que los agregados globales. El informe del Dane sobre el mercado laboral de la juventud registra una tasa nacional de desempleo para esta población de 22,2 por ciento entre abril y junio de este año, unos diez puntos más alta que la general. Si bien la carencia de habilidades específicas y de experiencia y el fin abrupto del ciclo educativo explican esta brecha, el mantenimiento de altas tasas de desocupación juvenil no es deseable en términos económicos ni sociales para el país.
La salida de cientos de miles de muchachos al mercado laboral, con casi ningún entrenamiento, es un imparable drenaje de valioso capital humano. Al salir de la escuela y no recibir algún tipo de capacitación, estos colombianos terminan, si cuentan con suerte, subempleados o informales y condenados para siempre a unas precarias condiciones salariales. A esto se añade que una vez roto el ciclo educativo es difícil recuperarlo: de poco sirven las grandes inversiones en coberturas escolares si se pierden ante la deserción o la imposibilidad financiera de continuar la preparación. Mientras el 53,7 por ciento de los jóvenes desocupados había terminado el bachillerato, un 30 por ciento reportaba nivel educativo inferior a la educación media.
A las perversas consecuencias económicas del desempleo juvenil se suman otros efectos, como el señuelo de la vida criminal y la adicción a las drogas. Sin contar con la brecha de género: mientras la tasa masculina en Colombia es de 18 por ciento, las mujeres experimentan una desocupación del 28,3. Esto echa por la borda el potencial creativo y la energía productiva de cohortes enteras. Por eso mismo, la OIT alertaba sobre el riesgo de ’perder’ toda una generación si estos altos índices se mantienen alrededor del globo.
La administración Santos se comprometió, en el discurso de posesión, con el impulso de una ley del ’primer empleo’. Esta iniciativa -que hace parte del paquete de reformas de la ’unidad nacional’ por pedido del ex aspirante liberal Rafael Pardo- incentivaría a las empresas a contratar jóvenes a cambio de reducciones en las contribuciones legales. Asimismo, el Gobierno incluiría una extensión a los contratos de aprendizaje para una mayor cobertura. Estas medidas necesitan sin duda un complemento en materia de educación para retener a los muchachos en el sistema escolar y de entrenamiento para enseñarles habilidades, tanto técnicas como humanas, demandadas por el mercado laboral. El debate dentro de la coalición santista y en el Congreso sobre estos estímulos para reducir la desocupación de la juventud es primordial. Lo que está en juego es impedir que siga creciendo esta generación de ’ni-nis’: muchachos que ni estudian ni trabajan.
Tomado de: www.eltiempo.com



